Los viajes de Eros 0
Un recorrido literario y gourmet por los amores y desamores más delirantes recreados en el próximo libro de Malele Penchansky.
En 1992, el genial Woody Alien ya hacía varios años que había guionado y dirigido Manhattan, película en la que el protagonista se enamora de una chica de 17. También había hecho Hannah y sus hermanas, extraordinario filme en el que exhibió con su habitual gracia y talento las densas relaciones amorosas endogámicas entre hermanas y cuñados. Todo muy lindo… en la ficción del celuloide, con una Mía Farrow espléndida, que resultaba engañada primero por su hermana menor y luego asistía a la oficialización del romance de su ex marido con su hermana mayor. Regio, Woody se especializó en explicar con pelos y señales, en su producción cinematográfica, aquello que siempre parece haberlo obsesionado, tal cual él mismo aseguró en un reportaje de The París Review: “Cada persona tiene sus obsesiones… las mismas cosas reaparecen una y otra vez… ¿Qué clase de cosas son recurrentes? Para mí, sin duda, la seducción de la fantasía y la crueldad de la realidad. Lo que siempre me ha interesado son los problemas irresolubles: la finitud de la vida, la sensación de falta de significado y la desesperación, y la incapacidad de comunicarse. La dificultad de enamorarse y mantener ese sentimiento…”. Cuando en 1992 Mia Farrow descubrió en la casa de Woody las fotos de Soon-Yi, sin bombachita, en poses parecidas a las de las chicas de la revista Penthouse (así, lo afirmaba la actriz cuando se le preguntaba por el tema), el grito que le pegó por teléfono a Woody se escuchó bien clarito en la oficina de Alien, en la otra punta del Central Park. “111 kill youü! FU kill youüü”, chillaba Farrow como un chanchito segoviano antes de pasar por la cuchilla. ¡¡No era para menos!! Su pareja desde hacía doce años, le sacaba fotos desnuda a su hija adoptiva, la chiquita Soon-Yi Previn, a quien ella y su ex marido, André Previn, habían adoptado en 1979. De sus 14 chicos -un poquito muchos, en verdad- Mia jamás hubiese sospechado nada. Muy creyente, católica fervorosa, Farrow había protagonizado ese mismo año el personaje de Alice, dirigida por su marido. En el guión, Alien había mandado a la protagonista del filme -una burguesa rica y aburrida- a Chinatown a fumarse un poiTO con un doctor chino, que la dejó bien contenta y descontractu-rada. Y que le dio unos polvillos mágicos con los cuales logró hacerse invisible y observar, bien de cerca, cómo su marido en la ficción, hacía el amor con su socia en la oficina. Pobre Mia. Lo que le ocurrió lejos de la ficción fue de terror. Aunque ya está bien recuperada. Acaba de perdonarlo a Woody ante los medios, después de 16 años… (Al parecer parte de su recuperación se debe a su festiva amistad con el escritor Philip Roth, bien interesante).
Lo que ni Mia (ni el resto del mundo sabe), claro, es la verdadera historia de la seducción que ejerció Soon-Yi sobre su padrastro. Y que yo registro aquí.
Una de las tardes en que Woody acostumbraba llevar a su hija adoptiva a ver béisbol, le sugirió a la niña que midiera la temperatura del campo de juego, en relación a la suya propia, (a la de su “béis-bol”, de toda propiedad). Entusiasmada, la chiquita lo invitó a comer a la casa de su mamá, mientras esta participaba de varias reuniones del co-llege de buena parte de sus catorce niños. Estas tareas le llevaron mucho tiempo a Farrow aquel día.
Entonces la joven niña de ojillos rasgados le propuso a su padre postizo comer pollo vietnamita con salsa de tamarindo, plato muy rico, por su combinación agridulce. Pero no le dio trozos de pollo saltados (y previamente pasados por un linda mezcla de harina y huevo) a la sartén, sino divinos y cuasi obscenos pedacitos de cochinillo camuflados y cocinados en un fritamen con abundante grasa de cerdo, cocina que caracteriza a los vietnamitas desde antes de que Marión Brando hiciera ele coronel Kurtz en Apo-calypse Now y susurrara “el horror, el horror”. Soon-Yi, conociendo la prohibición talmúdica de comer carne de cerdo, engañó al pobre Alien… y directamente lo envenenó de una. Woody comió y cuando se enteró de que era carne de cerdo en lugar de pollo… ¡¡ya era tarde!! Lloró, se rasgó las vestiduras, se puso el pantalón (que se había sacado porque el jengibre le dio calor), pero no hubo caso. Nones. La mocosa había triunfado por knock out frente a su madre de carnes blancas, eso sí, pero no tan… cochinillas, ni sedosas, ni aterciopeladas… ni envenenadas de todo veneno. Y luego se produjo la famosa escena en la que Mia, no solo le gritó a Woody que lo mataría sino que le cantó: Chancho, chancho. chancho eres… / no se daña a quien se quiere… Como “malo, malo, malo eres” pero con chancho… De terror. Sólo que con final feliz, porque ahora están todos contentos.
La Baronesa Von Freytag-Loring-hoven y sus paseos con un cochinillo vivo. Excéntrica como pocas (y loca como un plumero), la Baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven. danesa de nacimiento, cambió de nacionalidad varias veces a través de sus numerosos matrimonios. Pero esto sería simplemente anecdótico, si no fuera que llevó su locura como estandarte y convirtió en creación artística su deseo de aventuras y el ejercicio un tanto extenuante de su libertad. Se dice que tenía un torso perfecto y que los inventores del movimiento da-daísta aprovecharon sus virtudes psico-estéticas para llevar a cabo las ideas más disparatadas.
Había nacido en 1875, de modo que el comienzo del siglo XX, la encontró en la plenitud de su vida. Hizo de su cuerpo una obra de arte en sí misma: un día decidió afeitarse la cabeza, luego se la pintó y la barnizó y así se paseó por la Quinta Avenida en New York.
Era una fanática confesa de la cultura (y la comida) francesa, de modo que a nadie le sorprendió que un día -para festejar su cumpleaños- se presentara ante el cónsul francés en Berlín, con una gran torta de cumpleaños con las velitas encendidas, puesta sobre su cráneo pelado. En una oportunidad, se paseó por la Avenida Foch, en París, con un cochinillo vivo, al que llevaba con una correa forrada en sa-tin verde furioso. Decía que cuanto más conocía a los hombres, más amaba a su cochon, a quien llamaba cariñosamente Charlie, en homenaje a su amigo, el poeta norteamericano William Carlos Williams, con quien había compartido cama y poesías en New York.
Madame la Baronesa había sido criada en el más desopilante epicureismo. No existían para ella prejuicios de ninguna índole. De modo que con la misma naturalidad con la que un día lució en la terraza del antiguo café parisino Les Deux Ma-gots, un sombrero adornado con un gran reloj de bolsillo, un domingo de sol. luego de dar unas cuantas volteretas junto a su encantador cerdito por la avenida de Les Champs Elysées, decidió que ya era hora de darle paz a su atormentado estómago. Hacía unos cuantos días que la Baronesa, no solo llevaba el cráneo pelado. Muy ligera de equipaje, no tenía un franco en el bolsillo, pero sí un hambre feroz. Amiga de los aforismos del genial Brillat-Savarin, a quien había leído con sumo placer, repitió como si estuviese rezando: “Comer es una necesidad: comer bien es un arte”. Y así, pobre, pero creativa, emborrachó a su amado Charlie con la última botella de vino blanco que le quedaba. Luego le pidió a Tristán Tzara -fundador del movimiento Dada, como es sabido-que se hiciera cargo de cocinar al gorrino, aprovechando la buena suerte del pintor, recién casado por aquella época con la hija de un industrial suizo. Fue una comida encantadora. El cochinillo lucía en la fuente, sabroso como el mejor, crocante y colorido, con manzanas rojas y verdes. Una verdadera fiesta para los sentidos. No debe olvidarse de que al fin de cuentas, el cochon de la Baronesa acababa de transformarse en un icono gastronómico moderno que llevaba la impronta del dadaísmo… en la trompa. Una delicia aquella, a la que la Baronesa no pudo sobrevivir mucho tiempo. ¿Quizás por culpa? Chi lo sa… Y colorín colorado, estas historietas puerquitas se han terminado.
Cochinillo segoviano. Ingredientes: un cochinillo bien limpio/sal/tomillo o laurel/manteca de cerdo.
Preparación. Es fundamental elegir un cochinillo bien limpio para que no haya nada de hiél, ya que le daría un gustillo amargo. Sólo debe “saber”, como dicen los españoles, a leche materna. Un peso ideal: entre 3 y 4 kilos. No debe tener más de 21 días, y debe estar alimentado con leche materna (de cerda, claro).
Se lo abre por dentro -no del todo- y así, “de panza” se lo sala por encima y se lo ubica en una asadera de barro sobre ramas de tomillo (o de laurel) con el fin de que la corteza no se adhiera al fondo de la asadera. Con horno preparado a una temperatura media, el cochinillo debe estar aproximadamente 1 hora y inedia. A esa altura, se lo da vuelta, se lo pincha y se lo unta con la manteca. Se lo vuelve a meter al horno a temperatura bien alta y allí se lo deja hasta que la corteza esté crujiente. Luego, nada más probar esa carne -seda y terciopelo-acompañada de una buena ensalada verde, para que se desaten los demonios.









